Reflexiones de Campaña #2: La fragilidad de la vida y el Poder, Lección que nos deja la pandemia

Por: José Francisco Peña Guaba

El coronavirus, “Sars-cov-2” o “Covid 19” nos ha cambiado la vida a todos, a nivel planetario; es como si de golpe todos fuéramos ciudadanos de iguales mundos porque esta pandemia no clasifica, no distingue ni recrimina. Es un “virus democrático”, que no distingue etnias, ni color, ni condiciones económicas, ni figuraciones, ni castas, ni ciudadanos de a pie, ni ricos, ni líderes, ni presidentes y, aunque puede cebarse con los de mayor edad, parece que es algo benévolo con los jóvenes e infantes.

En los Estados Unidos, Francia, España, Reino Unido e Italia reside parte importante de la diáspora dominicana, que hoy vive angustiosamente. Nos deja un gran pesar y dolor el sufrimiento de tantos dominicanos en esas naciones, por los vínculos históricos de nuestros países. Y nos obliga a plantearnos una gran interrogante: ¿qué pasó en esas grandes potencias que teniendo tan inmensos recursos no se prepararon para tan fatídico pero posible escenario?

A pesar de contar con los mejores centros de pensamiento del globo terráqueo, a fuerza de tener que darle alguna respuesta a los indignados ciudadanos residentes de tan modernas urbes que confiaron en que sus gobiernos estaban preparados para una pandemia de este tipo ‒porque ya la comunidad científica había realizado ingentes esfuerzos para controlar otros virus, como en el caso del ébola, el SARS y el VIH‒ tuvieron que aceptar las mentes iluminadas de hoy y coincidieron en admitir que es el capitalismo salvaje el gran culpable, porque él mismo se olvidó cómo sistema político y económico de cuidar lo más preciado: la salud y la protección de vida de sus ciudadanos.

Es que un orden que privilegia el capital ante los seres humanos no puede generar verdadero bienestar. Cómo puede ser que se inviertan cientos de miles de millones de dólares en armas y ejércitos, en mecanismos para auto destruirnos y en esa enloquecida carrera tecnológica imperial con la que se quiere controlar hasta el espacio, pretenden colonizar Marte… pero, y esto es paradójico, no tenían suficientes camas ni respiradores en las “uci” (unidades de cuidados intensivos) de sus sistemas de salud, ni podían garantizarle a su población contagiada que se les salvaría la vida.

Es que las grandes potencias, en este demencial carrusel de la búsqueda de poder total, de aumentar sus riquezas promoviendo una economía de la intermediación que auspicia el agiotismo y la especulación, que prefiere colocar sus recursos para bienes de consumo ante que promover la pequeña y mediana producción.

Es en ese mundo que hemos vivido, en el del consumismo incomprensible, que busca acumular bienes, lujos y servicios que, por inercia de la globalización, también le ha llegado a las capas altas y medias de nuestras pobres naciones.

¡Qué incautos fuimos los ciudadanos del mundo al creer que tanta tecnología y recursos de nuestras grandes y desarrolladas naciones estaban a nuestro servicio! A la fecha de escribir esta reflexión tenemos caso 5 millones de infectados diagnosticados y más de 315 mil fallecidos en todo el mundo. De repente, como expresa “la canción del elegido” del cantautor cubano Silvio Rodríguez, “supo la historia de un golpe, sintió en su cabeza cristales molidos y comprendió que la guerra era la paz del futuro: lo más terrible se aprende enseguida y lo hermoso nos cuesta la vida.”

De repente, como dice esta canción, nos damos cuenta que lo único de valor que tenemos es la vida, que todo lo material cuando nos toque irnos de esta tierra se queda aquí, que tanta preocupación por tener tanto dinero y poder, ¿ahora para que le sirve al que tiene tanto, si el confinamiento es igual para todos? Claro está, unos tienen mayores facilidades que otros, pero no lo duden, en esta prisión domiciliaria a la que nos ha enviado el temor al contagio, con todo y las privaciones, con las limitaciones que tienen los desheredados de fortuna, ellos pueden ser más felices que quienes detentan grandes fortunas porque en su pobreza económica, aprendieron a ser alegres en lo poco, al son de un merengue o una música urbana, de un juego de dominó o un locrio de pica-pica en familia, el amor los une en las casas de los desprovistos de bienes materiales es mayor porque no tienen intereses que los divida sino la complacencia de una convivencia de pródigo cariño de los hijos, de la entrega total de los padres y de la solidaridad de los hermanos.

Los poderosos no saben disfrutar sin un harén o grupos de amigos de ocasión, sin sus yates, aviones o mansiones que son casonas pero no hogares, porque en la mayoría falta comprensión, porque muchos no pueden vivir sin una corte de serviles para que satisfagan sus egos personales.

Esta lección que nos está dando el Covid 19 viene al caso de nuestra nación, donde el poder y el dinero tienen enloquecida a nuestra sociedad y, peor aún, a nuestra clase política.

Hoy a los dominicanos no nos impresiona nada, nada nos asombra. El boato y la pompa está a la luz del día, por el poder y el dinero estamos dispuesto a todo. No hay límites en la guerra sin cuartel por quien llegue más alto.

Se nos olvida que mientras mayor altura más catastrófica es la caída, porque aquí hay personas tan mareadas por el poder que estarían dispuestas a meter al país en una crisis político-social de insospechadas consecuencias, sólo con el fin de lograr mantenerse en él.

Se les olvida a lo que así actúan, qué más temprano que tarde volverán a ser simples ciudadanos, que no escucharán el taconeo febril de un oficial a su servicio, que le diga ¡ordene señor! Se les hará difícil la vida porque se acostumbraron tanto y tanto al poder, que creyeron que no se irían nunca. Por eso les será difícil y traumático volver a su vida de antes.

El 5 de julio, para las elecciones, el coronavirus estará en varios escenarios en la vida de los dominicanos, en el de los electores resueltos a enfrentar el contagio como soldados espartanos para salir del cáncer palaciego que los acogota, los que obligados por un empleo o una tarjeta sin emoción ni apego al candidato oficialista tendrán que ir a las urnas como toreros enfrentando tan mortal virus. Por eso lo denomino el voto de la sobrevivencia, el de los ciudadanos que se quedarán en casa porque entienden que ni los políticos ni los partidos nos merecemos que ellos arriesguen su salud por nosotros. Desencantados estos ciudadanos con una clase política irresponsable, que prefirió realizar unas elecciones en tan peligrosa situación sanitaria para la población antes que ponerse de acuerdo en buscar una salida en unidad, que hubiese permitido un gobierno provisional que no expusiera a nuestra población a ser infectada en un proceso comicial, pero más ha podido el interés de los que ansían el poder a toda costa que el acto patriótico de la espera prudente.

Habrá elecciones el 5 de julio, no lo duden, parece irremediable. Sólo espero que esta etapa en que la debilidad emocional nos encuentra por tan largo encierro, tomemos la decisión que más le convenga a nuestro sufrido país, que la Democracia es diversidad y que todos tenemos derecho a creer en nuestra verdad y votar por ella.

Pero sepamos al elegir que a quien le toque gobernar recibirá una nación en crisis. No vendrá a administrar flores sino espinas y deberá estar preparado para ello. Lo que nos toca a esta media isla son momentos difíciles, ya que la base de esta economía son las remesas de nuestra diáspora, el turismo, las zonas francas y los servicios. No es cosa pequeña lo que nos espera. Mi interés no es desalentar a nadie, sólo entender que debemos convertir esta patria en una nación resiliente para salir de la crisis que a efectos de la pandemia tendremos.

Como decía mi general Torrijos “el que se aflige se afloja”. Vamos a salir todos unidos como pueblo de esto, claro con la buena fe y la dedicación patriótica de los que salgan electos por la voluntad libérrima del soberano. A fuerza de la voluntad impertérrita de nuestra sociedad, reconstruiremos desde las cenizas como el ave Fénix nuestra economía y la normalidad de nuestras vidas y entonces haremos nuestras las palabras de Mario Benedetti: “No te rindas, por favor no cedas, aunque el frío queme, aunque el miedo muerda, aunque el sol se esconda y se calle el viento, aún hay fuego en tu alma, aún hay vida en tus sueños. Porque la vida es tuya y tuyo también el deseo, porque cada día es un comienzo nuevo, porque esta es la hora y el mejor momento.”

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